Pena

Aunque la siesta abrace
los relojes que caminan
con la insistencia del caparazón
la tarde comienza el sendero que se angosta.
Con el olor de los jazmines
vuelven las notas que murieran
en los labios del amante atormentado
y la pena busca el único recodo
donde la noche
jamás abandona los latidos.

Lo que tenía

Dijo tener
el miedo de la hoja
y una pasión abierta por las tardes
en la roca donde durmió el dragón.
Dijo tener
hojas en la idea,
tardes y estallidos de lavandas
y dragones pegados al cristal.
Dijo tener
la idea del aroma
que se fuga por las ventanas rotas.
Y con eso,
dijo,
me basta para dibujarte.