Lo que no se ve

Pasan sin cesar,
unas con la rapidez de la alegría,
otras con la pesada lentitud
del tedio o la tristeza.
Siempre iguales,
con la misma cantidad
de pasos, latidos y suspiros.
Pero yo
dejo de ser quien soy cada segundo.
Mis ojos miran el reloj
y son otros cada vez que lo vigilan.
Minuto a minuto
ellas pasan
iguales a sus sombras,
impasibles, frías,
sin temor al infinito,
a lo eterno, a lo incontable.

Soldados del tiempo
son el ahora muerto.

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Sola

Cierra los ojos
y en la sombra de su interior callado
sus pasos caminan la exquisita soledad.
Y vive esa otra vida,
suave,
sin amantes que traicionan,
sin pozos de pasión abrupta,
sin rencores añejados en cubas oxidadas,
sin resacas agrias,
sin sed ni sequía.
Habrá en su boca una sonrisa
cuando el café con su perfumado oscuro
complete el despertar en la cocina.
Y ella estará sola
leyendo el libro mudo.

El pájaro y la tumba

El pájaro picotea las semillas
que cayeron ayer sobre mi tumba.
Lo conozco. Lo he visto bailar
saltando entre las ramas del abeto
una danza que estrujaba la vida con las alas.
Temí que el viento lo lanzara
por el sueño de un barranco.

Él ahora picotea las semillas
que cayeron ayer sobre mi tumba.
Agotó la danza o la hizo triste
y echó a volar en busca del calor que le negaba
el lugar que más amó.
No sabía del apego a otros paisajes,
a cualquier lugar
donde no anidara el frío de la muerte.

Y ahora picotea distraído
sin saber que las semillas
cayeron ayer sobre mi tumba.