Identidad

Bajo una piedra sin musgo
descubrió su nombre.
Tampoco tenía edad
ni talla ni ceniza.
Nunca fue muro
ni escarpa ni sendero.
Brillaba
en la eterna sed
de los caminos.
Era el rescoldo del olvido

Bajo esa piedra sin musgo
estaba su nombre.

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Esencia

Aquel que entró a la noche
porque vivía
en la luz de las escenas.
El francés que mataba
o que escribía el verso en la pared
o que murió diciendo
que algún día moriría de amor.
O ellas,
las grandes fabricantes de finales
que se quedaron pequeños
frente al ardor de lo vivido.

Siempre escondido
bajo cientos de pisadas,
aroma que huye del frasco,
violinista de una esquina
que el tiempo quiere borrar,
sonrisa del ciego,
mendiga lela,
farol tibio.

Y en un rincón del poema
hora tras hora
alguien busca el sentido
al orden caprichoso de las letras.
Y en su desvelo ignora
que la palabra es él.

Los sueños del poema

A Elvira Daudet,
porque dice que odia a esa vieja extraña.

La pavura del pájaro en el fuego,
la palabra condenada,
la idea que se vuelve muda,
el viento cruel de la cuesta.
Un dolor tiñe rincones
con las lumbres que agonizan.
Y sin embargo
la mancha intuye su derrota
y una guerrilla de versos
amanece cuando empuñas
los sueños del poema
en el teatro de las batallas perdidas.
Brota entonces el reflejo
en el canto de las gotas,
crece en el verso la palabra
y tú que sabes del amor en el vacío,
sigues amando
como sólo eligen
hacerlo las poetas.