Tiempo

Asomarse
a ese agua que descifra
el dorado lenguaje
de los flamencos.
Acariciar la red
cuando atrapa sueños
de mares ajenos.
Empujar nostalgias
de paisajes que nunca existieron.
Deslizarse
virgen por una nieve virgen
y luego sumergirse ciego
en el pequeño mar del mapa.
Mirar la jaula
donde habita la muerte
y esperar la llegada
de su libertad.

El que nunca llegará

El que nunca llegará
es un hombre
que extravió la llave
y en la espera
aprendió el olor de las adelfas,
las encinas, los madroños.
Que habita cuevas
donde duermen poetas ciegos
cansados de mirar donde no ven.
El que nunca llegará
olvidó el dibujo de los mapas,
los puntos y las rayas
y el orden de los colores.
El amor del que nunca llegará
es un tronco con raíces en la nada.

Donde muere la distancia

Donde muere la distancia
la quietud enfurece a la roca
y el verbo es un sueño de sal
en el labio herido.
La danza acaricia el aire
en la línea inalcanzable.
Entonces veo la gota en el mar
y el gusano percibe que su muerte
será cuando llegue a la hermosura.

Esas calles

“Me detendré a llorar por los ausentes”
Pablo Milanés

Nunca volvemos
a pisar las mismas calles.
Ya no está la boca
donde desapareció la tortuga
ni el caballo de la calesita
durmiendo en el baldío
ni el muro con madreselvas
y una pintada en la que amabas a Amanda.
Pero encontramos rincones
donde llorar por los ausentes
y volvemos a ellos
con la mirada lejana,
las cunetas en la piel
y el libro que nunca se quemó.
Queremos preguntar
por los fusiles, los hermanos,
las patrias, los traidores,
por quiénes somos
y quiénes dejamos de ser
cuando no nos tocó morir.
Pero la voz nos fue robada
cuando la palabra dejó su hueco
en esa noche
de descargas y temblores.

Somos pocos

Somos pocos.
Dos, cinco, treinta.
Tal vez mil.
Caminamos
entre heridas y palabras
y ordenamos las ideas
ocultas en el hueco
del hambre y la sequía.
Somos pocos.
Caminamos
hacia el gesto que secuestra la ventisca.
Esquivamos cristales escondidos
por el humo y por las piedras
Bebemos gotas de lluvia tardías
mientras el abismo se asombra.
Y los pocos que somos
caminamos
sobre la angustia de la hierba
que hostiga la huella.

Y el dibujo esboza un sendero.
Y ahora somos más.

Ellas

Eran bellas
caminaban lentamente
escribían la poesía del ocaso
hablaban con la suavidad de las manzanas
amaban a seres que crecían en sus versos
cazaban ilusiones entre espigas de lavanda
enseñaban a enseñar
inventaban números
creaban artes
y a veces
también morían