El hombre de la tos

La tos camina por el rostro cetrino
y cada movimiento cobra su peaje
con el azul del ahogo.
En el gesto hay una súplica
a punto de abrazar el final.
La mano adormece su temblor en una lupa
y el libro de letra pequeña
lo lleva al hábito
que ilumina su cara.

Aquelarre

El ojo muerto
busca su cadáver
en las calzadas del aquelarre.
Sobre el tejado
el desorden de las luces
espera la sortija del muñón.
Las piernas marchitas en las criptas
no sueñan con las sillas
abrazadas a la soledad del hueco.
Aun así el baile está por comenzar
y las vírgenes exhiben su ignorancia
al final de una historia que no llega.
No hay más lugar para muertos
en la fiesta que consume sus entrañas.

Abrir esa puerta
que da paso a la sombra
mientras se tejen los dolores
en la apenas luz del otoño.
Imposible escribir el bramido
del lobizón que lucha contra su piel
o el roce de sedas perfumadas
cuando el olvido cubre las letras.
Mañana sentiremos el aroma
del pan recién horneado
pese a la cizaña
que crece a la vera del trigo.

La palabra

Un rastro de letras tapiza la huida
y el poeta se empeña
con la pasión del inocente.
Desde el abismo del frío
vuelve a intentar el viaje
con su voz y su pasado
y ese amor que rozó lo posible
y esa violencia muerta.
Pero siempre algo se pierde
en los recodos de la fuga.
Un acento, un punto
o esa melodía que lloró la tarde.
Y entonces la palabra languidece
en el deseo de evocar
el primer vuelo del ave que sangra.

18.

El barro que se forma
en las calles cuando llueve
resulta de la mezcla
de tierra y agua.
Puede servir para hacer un botijo
en el que el agua cristalina
entona un alegre canto
cuando lo inclinamos
para que el hilo líquido
nos quite la sed.
También sirve para que los niños descalzos
caminen sobre él.
Entonces el lodo
inunda sus pies.
También sus manos
y su cara
y la ropa.
Toda la ropa.
Hasta que el niño se confunde
con la calle del campo
con el alambre del campo
con la sed del campo
con el hambre del campo
con el agua que se bebe en el campo.
Y otros niños lo pisan
y los adultos lo pisan
hasta que deja de ser niño.
Y no será jamás vasija.
Ni muñeco ni cerámica.
Pero no dejará nunca de ser barro.