22.

La primavera agota en la sal
las flores sin abrir.
En nuestra costa brillan espejos
que no reflejan a nadie
y nadie hay que mire
hacia la orilla
de la que viene Caronte.
Nadie que comprenda el viaje.
Sólo hay sombras errantes
que vagarán cien años
por estas riberas.
Sigue flotando
la infamia a la deriva:
la poesía ha dejado de existir.

Poema número 22 del poemario “De la ignominia”

 

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Con un fervor de poetas

Con un fervor de poetas
dice que construye la pared
con ladrillos que son huellas
de un pasado que no cree recordar.

Con una ansiedad de adolescentes
recorre olores y tactos
y olvida cerrar
la puerta de una dicha
que a veces entra ciega
y otras sale sin mirar.

Con un temor de ancianos
camina ideas en el lodo.
El fervor fatiga la espera,
el marco muere tras el ladrillo
y la huella sólo se deja pensar.

Pedazos

 

Ese leño con la huella
de lo que fue una brasa;
ese espejo fatigado
de repetir el llanto
y la sonrisa;
esa botella que imagina
que es la que apaga la sed;
ese dolor
en el costado del hijo;
esa alegría del padre
que vuelve y empapa al abuelo;
ese poema muerto
en la hoja blanca;
esa letra perdida
en la oscura tormenta del bosque;
ese acorde que nunca
volvió a decir la guitarra;
ese cincel que abandonó la rama
y ese lápiz que dibuja un horizonte
son los pedazos de un yo que camina
en la última tarde del otoño.

Soneto al maestro gobernante

“Cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor.
Mejor para mí el suyo beneficio político” Mariano Rajoy

El maestro regala su sapiencia
y el alumno espera con respeto
la verdad donde oculta su secreto
ese hombre bendito por la ciencia.

Finalmente el docto la pronuncia
oculto en su perfil siempre discreto,
humilde en lo sabio y lo concreto
tal que Dios y su cálida presencia.

“Cuanto peor mejor es para todos
y cuanto peor para todos es mejor.”
¡Loado sea el señor por esta frase

que embarga por su fondo y por sus modos!
El maestro sin embargo suma ardor
y vuelve a la idea sin pararse.

“Mejor para mí el suyo.
Beneficio político.” Y así
el aprendiz comprende: es un zurullo.

El hombre de la tos

La tos camina por el rostro cetrino
y cada movimiento cobra su peaje
con el azul del ahogo.
En el gesto hay una súplica
a punto de abrazar el final.
La mano adormece su temblor en una lupa
y el libro de letra pequeña
lo lleva al hábito
que ilumina su cara.