18.

El barro que se forma
en las calles cuando llueve
resulta de la mezcla
de tierra y agua.
Puede servir para hacer un botijo
en el que el agua cristalina
entona un alegre canto
cuando lo inclinamos
para que el hilo líquido
nos quite la sed.
También sirve para que los niños descalzos
caminen sobre él.
Entonces el lodo
inunda sus pies.
También sus manos
y su cara
y la ropa.
Toda la ropa.
Hasta que el niño se confunde
con la calle del campo
con el alambre del campo
con la sed del campo
con el hambre del campo
con el agua que se bebe en el campo.
Y otros niños lo pisan
y los adultos lo pisan
hasta que deja de ser niño.
Y no será jamás vasija.
Ni muñeco ni cerámica.
Pero no dejará nunca de ser barro.

Motivos

Tal vez viva porque no sé morir.
Sólo por eso. O también
por ver crecer al raso
el límite entre el céfiro y el agua,
el invierno y la ternura.
Y por creer en la pequeña huella
que deja cada noche el ruiseñor
y que intento silbar amanecido.
Y por el color del arce
cuando muerde el adiós
y dibuja las manos que se abren.
Volvamos al principio: no sé morir.
Ignoro el pecado
y acaricio tus soles
en el tiempo que nos deja la penumbra.

La luz y el cobijo

Ojalá estuviera siempre ahí
la luz de esta ventana.
Siempre quieta en el árbol
y en el pájaro que vuelve cada tarde.
Quieta en el agua de la nube
y en la esperanza de un azul
que conmueve a la intemperie.
La luz de esta ventana
que dibuja tu espalda
y dicta el origen al viento.
La que me regala
el ojo y la ceguera.
La que siembra el vacío
y recoge noche a noche
el pálido agujero de la ausencia.

Una gota en el mar de alambre de espino

Mirad la gota sobre el pañal
que va en busca del niño
muerto en el fondo del mar
abrazado a su madre
ya sin leche
ya sin piel
ya sin ojos
ya sin nada
nada
nada.

Mirad la gota de agua.
Ya no sabe
a ese mar azul que vio el poeta.
Probadla
y no digáis mañana que no veíais danzar
al vapor de la muerte en vuestras playas.

Probad el sabor
de esa gota manchada
en la sangre del grito
que por última vez os llamó
desde ese mar de alambre de espino.

La soledad de la barca

La espera teje las artes
con la herrumbre de las horas.
Mansamente baja el agua
mientras el cauce relata
el viaje del sol.
Presa de la madera
la barca mira el paso del río
que guarda el camino
hacia la noche.
El pescador perdido
en la distancia del árbol
no volverá para hundir el remo
en el espejo que avanza.