Las artistas

Son bellas y saben jugar al ajedrez.
Toman el café
de algún pequeño lugar del mapa
en tazas de porcelana negra.
Se llaman Ylenay,
o Yerma o Janette.
O simplemente Lola.
Lucen faldas largas
y un colgante africano
que les vendió un señor
que nunca separaba
el trabajo del amar.
A media mañana encienden
sus primeros cigarrillos.
Los disfrutan lentamente
hasta que el filtro
les recuerda la brasa.
Con su voz ronca
beben al mediodía
aperitivos con soda
y a la tarde a veces un cuantró.
Siempre tienen un amigo
con el que hablan del arte,
del placer de las arañas
y de los pocos datos
sobre la existencia de dios.
Con él cenan
a la luz de tres velas
el famoso plato hindú
que aprendieron viajando en los ‘60.
Desayunan con su gata negra
tostadas de panes caseros
con mantequilla y una mermelada
de color violeta oscuro.
Luego caminan a orillas del Sena
o de cualquier río que atraviese una ciudad.
Vuelven a sus casas
a encerrarse en el taller
que huele a piedras
o a pinturas
o a letras
o a trapecios
y en el que suena
una lejana melodía
que las invita a amar.

Anuncios

Adioses de cobre

Por esos juegos del azar volvía de una exposición de Barceló cuando Pablo me llamó para decirme que Ruth había muerto. Ella estuvo siempre en mi vida como estuvieron todas esas hermosas personas que mis padres conocían. Nos han dejado un recuerdo difícil de explicar. Espero que la poesía ayude a hacerlo.

Adioses de cobre

A Ruth Varsavsky, amiga

Ya no hay nada.
Las puertas se abren
a cuartos vacíos,
a pasillos que cegaron sus ventanas,
a talleres con lunas menguantes,
gallos que no ven,
espejos opacos,
brujitas muertas.
Ya no hay nada.
Sólo libros que cuentan historias
que no están en los libros.
Cuadros que pintan retratos
de modelos ausentes.
Pasos que resuenan
en estúpidos silencios
dibujados por alcoholes de una tarde.

Ya no hay nadie.
Sólo queda un adiós
en la marchita plancha de cobre.