Imposible escribir un poema surrealista

Intento escribir
un poema surrealista
pero las lagartijas
ya no dictan palabras
en los bosques redondos.
La habitación del armonio
esconde los maullidos
del sueño violeta.
El tren se detuvo
en la anteúltima estación
donde la cortina baila
un viento de almendros.
Incontables motivos
me impiden escribir
el poema surrealista.

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La vecina coja

Saludo a la anciana vecina coja.
Sé que siempre será bella.
El mango del bastón
se encoge a cada paso.
Intuimos el dolor.
La única hoja que queda del otoño
baila en la calle
la danza de las mujeres solas.
Un cielo sin nubes
remeda su tristeza.
Los días han dejado de brillar.

Aquelarre

El ojo muerto
busca su cadáver
en las calzadas del aquelarre.
Sobre el tejado
el desorden de las luces
espera la sortija del muñón.
Las piernas marchitas en las criptas
no sueñan con las sillas
abrazadas a la soledad del hueco.
Aun así el baile está por comenzar
y las vírgenes exhiben su ignorancia
al final de una historia que no llega.
No hay más lugar para muertos
en la fiesta que consume sus entrañas.

Geometrías

Sin cruzar la grieta
por la que se cuela el sol
los pasos rodean la umbría.
La locura que mora en el círculo
atrapa el silencio de la cuerda
y un aquelarre se angosta en el borde
cuando el malabarista muere
detrás de la línea.
El punto alcanza lo eterno
de la estirpe de lágrimas
que conjuran el grito.
Un baile en la esfera
traba los pasos del payaso
y el payaso gira huérfano
por la ausencia de rincones.
Nadie devuelve el pie robado
al viejo funámbulo
que duerme en el trapecio.
La función acaba
en un óvalo que anhela
la distancia invariable.

La vela

En la vela
la llama agota su existencia sin saberlo.
También ella nace
y comienza su camino hacia la muerte.
Aferrada al pábilo
con misterioso afán,
baila sola
una suave danza de secretos.
La columna se transforma
en figuras modernistas
hasta que,
agonizante,
el cabo aprisionado
ahoga su fulgor
en un cáliz de cera.
La luz
fue un suspiro mudo.

De “El libro y el poeta”

El músico del tren

La nota busca la caricia
de alguien que la intuya
en el vagón amodorrado.
A dúo con la rueda
que pule la vía
el arco se empecina en evocar
un prado lejano,
un baile,
una pasión.
La romanza llega
rallentando a la estación.
Alguna moneda habrá
que no alcance a pagar
la distante nostalgia
de ese tono menor.

Cantaora

Las manos buscan palomas
y rasgan confines de lunas.
Azucenas negras
tiñen la furia del pelo
y bailan el dolor
si la granada muerde
los labios sangrantes
en el abismo de su boca.

Los caballos alumbran el fandango,
y la jinete,
hechicera veloz del girasol nocturno,
cabalga por un campo salpicado de carmines.
En su rostro clarean
siete auroras sin ocasos
y en su estrofa
un claustro de pasiones
engendra la lágrima, la fiebre
y el cristal de la palabra.

La voz
viajera de siglos y parajes,
compañera del farol de las carretas,
muerta y nacida en pogromos oscuros
trae hambres y violines
y cantos y caminos
y se funde en el gesto
y arde en guitarras que se afinan
en los rincones del vino.

Cuando todo parece que se acaba
ella renace del quejío roto.
Es la dama de la tragedia
que habita en la alegría.