Dos poemas de Luis Alposta

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Cadena

El temor de que la gota vuelva
a horadarle los sesos
inquieta sus pasos
cuando entra a la cocina.
Pero el grifo ha enmudecido.
El aroma del café
no rompe el frío hedor
de los movimientos que se repiten.
La calle espera
con una paz falsa
en la que ya nadie cree.
Al salir ladrarán los perros
y no sabrá por qué.
Abre la puerta y piensa
que si roba una flor
del rosal de su vecina
una espina se clavará en su dedo
y ese será
el dulce e injusto castigo
en una mañana que se atardece.
Entonces mira su bata
y comprende que hoy
no es buen día para salir.
Mejor será volver a la cocina
a ver pasar la quietud
mientras toma su medicación.

La vecina coja

Saludo a la anciana vecina coja.
Sé que siempre será bella.
El mango del bastón
se encoge a cada paso.
Intuimos el dolor.
La única hoja que queda del otoño
baila en la calle
la danza de las mujeres solas.
Un cielo sin nubes
remeda su tristeza.
Los días han dejado de brillar.

Ramblas

P1030297retoc

…la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca…
Federico García Lorca

Te quiero así como eras
esa mañana de octubre.
Estábamos todos
y el sol empujaba las hojas
tras los plataneros.
Te quiero así como eras
aquella mañana de junio.
El barco nos dejó desamparados
y de una ojeada nos hiciste tuyos.
Te quiero así,
cuando abrigas,
cuando cantas,
cuando las estatuas
hacen sombra en tus aceras
y las flores no alcanzan
a definir tus horas.
Y quiero quererte en el despertar
de la pausa horrible
para que mis pasos vuelvan
a acariciar tus piedras
y seas otra vez
el paseo que amaba Federico.

 

Cocido para dos

Otro idioma explica los aromas
que se enlazan con aquellos
de la infancia castellana.
El cocido convoca
a la hora temprana de cada día.
Él trajo de su exilio
el hábito de comer pronto
y ella la nostalgia
por todo lo que queda
en los infinitos rincones de la ausencia.

Sola en la cocina,
la radio a bajo volumen
y el libro en la mesa,
se quita el delantal,
el pañuelo,
sirve los dos platos
y se sienta a comer.
Hace tiempo que ha perdido
la costumbre de esperarlo.
Él, tan leal a sus horarios
nunca se amoldó
al del trance sorpresivo.

Poco a poco el vapor de los platos
agota sus fuerzas
contra el cristal que se nubla
para que ella ignore
el eterno vacío de la calle.
De los dos, uno ha quedado lleno.
Como siempre.

Intento inútil

En la calle
la paloma intenta mirar a dios.
Algo hay
que hace más desteñidas las plumas
y que el cuello no ayude
a picotear los granos esparcidos.
El señor que limpia las aceras
ha pasado por su lado
pero ella oculta su muerte
detrás del tronco del sicomoro.
La nube se mueve
con la parsimonia de un gato.
Alguna hoja rezagada del otoño
corretea entre los pies y las ruedas.
Junto al árbol
la paloma eterniza el intento
de mirar a dios.
El acto se torna imposible:
ella no ve
y dios no existe.

Es posible

El ojo del hambre mira
por la ventana rota.
El zapato
dejó de estar en el niño
y sus pies vagan
por la comida muerta.
El viejo busca
entre restos
los años que le quitan cada día.

En las calles
miles de rostros esperan la limosna
hasta que una boca grita
y las miradas se encaminan a otras luces.
Y el grito se repite
y silencia a la sirena
que anunciaba la llegada
del orden y el respeto.