Instantes

Lejos la voz se apaga
y alguien pisa el camino de la flor.
El grito abreva en la distancia
mientras el silencio vuelve.
Los pasos en la arena
aceleran el reloj
del hombre que cuelga su mirada
en el trapo del mástil putrefacto.
Cuando el lago caiga en la llovizna
el pez boqueará
contra la puerta sin marco.

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Lo único certero

Para mi querida amiga Silvia Cuevas-Morales,
sólo por contradecirla.

“Debe ser verdad lo que dicen,
la única certeza
está al final del camino”.
Silvia Cuevas-Morales

Jamás serás lo certero.
No he tenido
el displacer de conocerte.
Conozco en cambio el camino
la pena, el odio,
el amor y la alegría.
También la acidez de estómago.
Todo eso que llaman vida
y que he recorrido hasta cansarme.
He intimado con ella,
con ella he ido y he vuelto,
he tallado pasiones,
he dibujado fronteras
y luego las he borrado.
He sufrido el dolor
que provoca en mi rodilla,
en mi alma y mi riñón.
Es por eso que soy un convencido
de que ella sí es certera.
Tan certera como la fatiga,
los anteojos rotos
y el agujero en la media
por donde asoma, si quiere,
el dedo gordo.
Sin embargo
a ti nunca te he visto.
No he mordido tus garras
ni he sangrado por tus heridas.
No me has anidado
ni parido
ni gestado.
Ni siquiera he podido comprobar
que sepas sonarte los mocos.
Si te acercas más
y quieres sorprenderme
me encontrarás vivo y aquí.
Pero si te haces certera
ya no estaré para comprobarlo.
Jamás podrás
convencerme de que existes.

Todavía las cunetas

Poblados de muerte
caminan sobre la piel de las cunetas
pisoteando memorias
con los pies que olvidaron el camino.
El fusilado mira
desde el vestigio de una fosa
que grita el dolor de la ignorancia.
La cobardía construye
el pretexto del destino
pero es el hombre
el que labra la historia
y luego la despoja de su voz.

El final del poema

Allí donde aún flota su perfume
pasan las horas de un poema
que espera en silencio el verso final.
Ella cantaba la canción de un trovador
que murió con la sombra de la acacia.
Cansados del camino
sus pies jugaban a ser alas de calandria
y las manos rozaban alboradas.
Hoy son otros
los ojos que acarician su mirada
y por el puente
se desliza su esbozo hacia el recuerdo.

La chelista

Hubiera sido el sonido inacabado,
la nota oculta
que no podemos dejar de oír,
la lágrima del acorde,
la pasión de Bach,
el gesto de amor que dibuja
la caricia del arco,
la angustia en el silencio.
El viejo chelo que aguarda en la vidriera
la mira y sueña
que la ve retroceder
por el camino de los años.

Pena

Aunque la siesta abrace
los relojes que caminan
con la insistencia del caparazón
la tarde comienza el sendero que se angosta.
Con el olor de los jazmines
vuelven las notas que murieran
en los labios del amante atormentado
y la pena busca el único recodo
donde la noche
jamás abandona los latidos.

La rata muerta

Con un ojo seco
la rata muerta mira el paso de los viandantes.
La boca alberga el gesto inútil
de un colmillo que amenaza al vacío.
Las abuelas tapan la cara de los niños,
el que pasea al perro tuerce su camino,
la señora del vuitton pierde compostura
mientras la rata, insensible,
sigue allí esperando
al turno de crisis que limpie la ciudad.