La llanura y la montaña

En la profundidad del pasado
la llanura cultiva la espera.
Desde la montaña
el desterrado disfruta
de la ciudad que besa
a un mar pequeño
salido de los mapas de la escuela.
Solo allí
el horizonte es un tal vez lejano.

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Desembarco

Buscar la farola
fue el gesto que consumía el tiempo.
La noche en la ciudad extraña
hablaba un idioma sin recuerdos.
Sin embargo
hubo el empedrado
que rompía las ruedas de los carros
y el puerto abrió su olor
al tugurio donde ahora
acude el desmayo del borracho.
Nunca volví a ver
al marinero ciego
que dijo adiós a la última gaviota.
Hoy toca ir hacia otro sur
y aprender el sabor de la distancia.
Rozar el cabo que se afirma en tierra.
Dibujar el verbo.
Aferrar la multitud de memorias
que agonizan tras el abandono.

La castanyera

La castanyera que había en mi pueblo cuando llegué hace casi cuarenta años, era una señora que tenía unos cuantos castaños y los cosechaba para asar los frutos durante el otoño. En general los consumía antes de que terminara la temporada y entonces compraba los que necesitaba. El oficio de torrar castanyes era una pequeña ayuda en su dura vida de pagesa que compartía con su marido desde que ambos eran muy jóvenes. Murió hace unos años con 95 noviembres a sus espaldas, encorvada más por la azada que por los noviembres. Estuvimos sin castanyera en el pueblo durante dos años hasta que varios amigos convencimos a Margarita de que aprovechara el otoño para vender castañas y así tener una faena extra que no le vendría nada mal. Margarita vende ahora castañas y boniatos como siempre se ha hecho y también mazorcas de maíz, como nunca se ha hecho. Y entre el humo del lento fuego que ahora tiene un nuevo perfume, se la oye cantar muy suave:
“De ti nací y a ti vuelvo,
arcilla, vaso de barro.
Con mi muerte yazgo en ti,
en tu polvo enamorado.”

Mis nietos saben que cuando llega el otoño, la tradición es comer castañas, boniatos… y choclos. Les encantan. Ellos respetan la tradición.

El músico del tren

La nota busca la caricia
de alguien que la intuya
en el vagón amodorrado.
A dúo con la rueda
que pule la vía
el arco se empecina en evocar
un prado lejano,
un baile,
una pasión.
La romanza llega
rallentando a la estación.
Alguna moneda habrá
que no alcance a pagar
la distante nostalgia
de ese tono menor.

Una gota en el mar de alambre de espino

Mirad la gota sobre el pañal
que va en busca del niño
muerto en el fondo del mar
abrazado a su madre
ya sin leche
ya sin piel
ya sin ojos
ya sin nada
nada
nada.

Mirad la gota de agua.
Ya no sabe
a ese mar azul que vio el poeta.
Probadla
y no digáis mañana que no veíais danzar
al vapor de la muerte en vuestras playas.

Probad el sabor
de esa gota manchada
en la sangre del grito
que por última vez os llamó
desde ese mar de alambre de espino.

Cocido para dos

Otro idioma explica los aromas
que se enlazan con aquellos
de la infancia castellana.
El cocido convoca
a la hora temprana de cada día.
Él trajo de su exilio
el hábito de comer pronto
y ella la nostalgia
por todo lo que queda
en los infinitos rincones de la ausencia.

Sola en la cocina,
la radio a bajo volumen
y el libro en la mesa,
se quita el delantal,
el pañuelo,
sirve los dos platos
y se sienta a comer.
Hace tiempo que ha perdido
la costumbre de esperarlo.
Él, tan leal a sus horarios
nunca se amoldó
al del trance sorpresivo.

Poco a poco el vapor de los platos
agota sus fuerzas
contra el cristal que se nubla
para que ella ignore
el eterno vacío de la calle.
De los dos, uno ha quedado lleno.
Como siempre.

El ancla

Una tarde
mientras sus pasos
se duelen en la búsqueda
y la soledad parece
ser la reina en el abismo,
reconoce una cara
recortada en el bullicio del bar.
El pequeño gesto
que no llega a la sonrisa
es un ancla insospechada,
volver a una huella que ha pisado,
el sello de un destino en otra tierra
que así, sin darse cuenta,
va aprendiendo a amar.