La prórroga

El ensueño de una manta y un hogar
llevó tu nombre en las llamas,
en la nieve imaginada tras el vano,
en la cálida copa de cognac.
Y yo seguí esperando
a que una noche
mi recuerdo sorprendiera tu vigilia
en la realidad fugaz
de los ojos entornados.

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La mujer de un sueño

La locura
ha navegado el mar de tus palabras
y dibuja un colibrí
que devora tus tobillos
y silba una nana a la peca de tu espalda.
Vive en la sonrisa de beso y silencio,
en el vidrio de tus ojos
que evocan quién sabe qué tristezas
y en ese terciopelo
donde mueren las ausencias.
Cuando el sueño te abandone
en la verdad de otros caminos
sabrás que estos versos
ya no hablan de ti.
Y yo en mi vigilia
tendré miedo de volverme cuerdo
y perderte en el bosque de los soles
que habitan, por las noches, mi poema.

Lentamente

Me tenderé
sobre el manto de la orilla
y el lucero forjará mis espejismos.
Entre los huecos que dejan
los sueños de la última pasión
sólo el silencio dibujará caminos.
La tierra tendrá el color del campesino
cuando el ocaso bese la lejana línea
y el pájaro anuncie la fuga.
Cobijado en mis pensares
te veré pasar de largo
y entonces percibiré mi ausencia
con la paz que cinceló el pasado.

La amante cansada

Aquella amante que dibujaba encuentros
entre dos puertos y el mar,
recogió la huella de la almohada
y desertó del lugar de los anhelos.
Cansada de habitar los espejismos
dejó de ser el sueño de un errante
y se coló en un libro de poemas.
Ahora camina
por la orilla de aguas suaves,
es un pájaro pausado.
Le cautiva bajar del carrusel
y adentrarse en el salón de los espejos.

Ventana que mira

La ventana mira el ojo
y tiembla por la pasión del trueno.
Refleja un espejo donde viven
el vaho del invierno
y pálidas señoras
que beben el cuantró.
La ventana mira el vals,
el cinematógrafo,
el reloj de forma incierta.
Y ahora dibuja el cuadro
de la habitación que desnuda
el temor del hombre solo.

A la mujer de una foto

Querría haberte conocido
cuando tus ojos eran tristes y lejanos
como si eternamente miraran al mar.

Entonces dibujabas
un hilo de sonrisa en la ventana
entre las gotas de una llovizna muda
y el anhelo que empañaba los recuerdos.

Querría haberte conocido
cuando el tren partía
en la vorágine de un beso y la esperanza
y dejaba los amores en andenes oxidados.

Entonces
una acuarela de quebranto
se acercaba a la sombra de tus párpados
y grababa para siempre las escenas de la guerra.

Querría haberte conocido
cuando mi voz decía en un susurro
que siempre habría un sol en tu sonrisa
y dos atardeceres en tus ojos.