Un poema de Bécquer y otro de Cernuda

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Mentidero de poetas

Hoy comienzo un nuevo proyecto que se llama “Mentidero de Poetas”. Es un canal en el que leeré poemas de distintos autores y épocas con una única característica en común: son poemas que me gustan. Y de acuerdo a esta característica los elegiré. Seguramente es un gesto autobiográfico ya que en toda elección uno pone mucho de su ser. Vosotros diréis… Como siempre, espero vuestros comentarios y críticas. Y también que os suscribáis al canal. Aquí va el primer vídeo:

Cocido para dos

Otro idioma explica los aromas
que se enlazan con aquellos
de la infancia castellana.
El cocido convoca
a la hora temprana de cada día.
Él trajo de su exilio
el hábito de comer pronto
y ella la nostalgia
por todo lo que queda
en los infinitos rincones de la ausencia.

Sola en la cocina,
la radio a bajo volumen
y el libro en la mesa,
se quita el delantal,
el pañuelo,
sirve los dos platos
y se sienta a comer.
Hace tiempo que ha perdido
la costumbre de esperarlo.
Él, tan leal a sus horarios
nunca se amoldó
al del trance sorpresivo.

Poco a poco el vapor de los platos
agota sus fuerzas
contra el cristal que se nubla
para que ella ignore
el eterno vacío de la calle.
De los dos, uno ha quedado lleno.
Como siempre.

El ancla

Una tarde
mientras sus pasos
se duelen en la búsqueda
y la soledad parece
ser la reina en el abismo,
reconoce una cara
recortada en el bullicio del bar.
El pequeño gesto
que no llega a la sonrisa
es un ancla insospechada,
volver a una huella que ha pisado,
el sello de un destino en otra tierra
que así, sin darse cuenta,
va aprendiendo a amar.

La llegada

El barco llega al zaguán
de la puerta cancel cerrada.
La vereda acoge
tres valijas de ayeres
y la engañosa entereza
que nos prestan los objetos.

Luego anuncia, arrogante,
que se lleva en su bodega
un pedazo de retorno.
Los ojos del exiliado
miran con tristeza de abandono.
La ciudad vacía
pone en marcha su reloj.

Presencias

Cada tanto las presencias
despiertan de letargos mentirosos.
Al llegar a una esquina
el andar indolente
queda suspendido en un gesto de alerta.

Un olor a pintura
reconstruye la imagen de la casa nueva
con paredes blancas,
libros, fotos, afiches,
una red de pescadores teñida con té
y la ternura que siempre perdía
jugando a la escondida.

Súbitamente
todo se oscurece.
Ellos entran con el colmillo de la muerte.
Las paredes se visten
con el tufo del espanto.
El refugio muere
y la casa queda hueca de nosotros.

¿Quién pisa ahora
las huellas de ese amor
que palpitaba en los rincones?

Veinte ene

Soy el esclavo que puso piedras
en el santuario de malparidos.
El habitante de las cunetas.
El que tuvo miedo
y no por eso dejó de odiarte.
El que pensaba en el sol
día tras día.
El que habitó los montes.
Soy el desnucado.
El que no pudo cantar.
El que no pudo volver.
Soy el hijo que robó tu iglesia.
La madre seca.
La que espera en vano.

Soy ateo
y no tiene sentido que te diga
que te pudras en el infierno.
Pero en algún lugar
te estás pudriendo eternamente.