El ancla

Una tarde
mientras sus pasos
se duelen en la búsqueda
y la soledad parece
ser la reina en el abismo,
reconoce una cara
recortada en el bullicio del bar.
El pequeño gesto
que no llega a la sonrisa
es un ancla insospechada,
volver a una huella que ha pisado,
el sello de un destino en otra tierra
que así, sin darse cuenta,
va aprendiendo a amar.

Fugaz

El gesto previo del ciervo
es la palabra que yace
en un blanco de silencio.
La huida se borra
en el rapto de la hoja
y tampoco sirve la quietud
que duerme entre los saltos del jilguero.
Aun así sonará el disparo.

Esencial

Cuando lo cierto renuncia a su escondrijo
el dolor de la palabra ahogada
mira quebrarse la máscara.
Pasó el tiempo de los cielos claros
y la herida de la esencia
acaricia los bancos vacíos.
Cinco notas se funden con el cierzo
y dejan un recuerdo suspendido.
El último trazo del pintor suicida
dibuja el gesto
de tu cara triste.

Si he de elegir

Si he de elegir
elijo el rostro ancestral de la memoria,
la madrugada en el mar,
el balbuceante beso adolescente,
el barrilete que vuela en otros cielos.
Elijo la palabra de mi historia,
el gesto del reparto y la justicia,
la voz que reclama hasta el silencio,
el dios ateo,
el canto de una niña.

Para que surja la nostalgia
como la vieja postal olvidada
en el libro que ya no leeremos.

A veces el viento

En la muerte de Juan Gelman

A veces el viento
llega hueco.
Sin luna, ni arrebato, ni silbidos,
ni el alivio del recuerdo.
La luz se estanca
en la pesadez del ojo.
En la cabeza se agolpan
las palabras sueltas.
Los pasos se arrastran
con un gesto absurdo.

Es entonces cuando el frío
nos deja inertes
en el rincón de la muerte de otro.

El sol imposible

En el camino de sirga
vaga el murmullo de la plegaria
y el gesto dibuja tumbas vacías.
Allí ha muerto la sonrisa triste.
El agua cubre la miel
y grita la barca nombres sin rostro.
Cuando el día decida mirar
los ojos del niño ciego
el barquero forjará el rumbo
que encuentre la sombra
donde el musgo crece.

La mirada exacta

La inquietud la sonroja
con mezcla de delito y desconcierto.
El temor por el devenir ignoto
puede más que la costumbre.
Siempre el mismo gesto
anuncia el imprevisible final.
A veces el peso la aplasta
y el aliento
apesta a sombras inquietantes.
A veces es ligero,
hermoso,
sin un dejo de tormenta
sino el cálido paseo
por aromas ignorados y excitantes.

Sentada, la silla mira
la llegada de la próxima visita.