El desierto

                                                      Para Ester Rabasco,          
                                                      porque sabe leer la poesía

Ese desierto que se abre ante nosotros
con la lóbrega luz del invierno,
con la desesperación de un verano
que no acaba de morir,
con la amargura de la ausencia,
la violencia de la arena,
el rastro borrado de la huella,
con los labios quietos y quebrados,
ese desierto guarda entre sus infinitos granos
la semilla de una flor que cada tanto
hiere el lunático paisaje
y la esperanza de que un día
tras la línea amanezca el mar.

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El orden del viajero

El tren curva un acero
que arropa peldaños de sueño.
El viajero dijo saber
el orden de las ideas
y el arco iris de la brisa
aunque las bocas hablen
en la voz de otros.
Ahora el cristal es negro
y el ruido trocea las palabras.
Vendrá la luz inquieta
cuando el árbol sea un vértigo
y el ojo baile
la danza de los duendes.

Abrir esa puerta
que da paso a la sombra
mientras se tejen los dolores
en la apenas luz del otoño.
Imposible escribir el bramido
del lobizón que lucha contra su piel
o el roce de sedas perfumadas
cuando el olvido cubre las letras.
Mañana sentiremos el aroma
del pan recién horneado
pese a la cizaña
que crece a la vera del trigo.

La luz y el cobijo

Ojalá estuviera siempre ahí
la luz de esta ventana.
Siempre quieta en el árbol
y en el pájaro que vuelve cada tarde.
Quieta en el agua de la nube
y en la esperanza de un azul
que conmueve a la intemperie.
La luz de esta ventana
que dibuja tu espalda
y dicta el origen al viento.
La que me regala
el ojo y la ceguera.
La que siembra el vacío
y recoge noche a noche
el pálido agujero de la ausencia.

La vela

En la vela
la llama agota su existencia sin saberlo.
También ella nace
y comienza su camino hacia la muerte.
Aferrada al pábilo
con misterioso afán,
baila sola
una suave danza de secretos.
La columna se transforma
en figuras modernistas
hasta que,
agonizante,
el cabo aprisionado
ahoga su fulgor
en un cáliz de cera.
La luz
fue un suspiro mudo.

De “El libro y el poeta”

La soledad de los cristales

Cuando el fulgor abandona las ventanas
ellos se vacían de sonrisas cómplices,
de pestañas que equivocan el atajo,
de labios dispuestos,
de muecas, necios y madrastras.
Lentamente los deshabitamos
y entonces dejan de ser.

Entre las sombras
el inútil cristal resiste en un pasillo
donde la última luz se negó al reflejo.
La tiniebla conjura el hechizo
de tener lo que no está
y la ausencia del que mira
dibuja por un momento su existencia.

La noche
es el silencio de los espejos.

A veces el viento

En la muerte de Juan Gelman

A veces el viento
llega hueco.
Sin luna, ni arrebato, ni silbidos,
ni el alivio del recuerdo.
La luz se estanca
en la pesadez del ojo.
En la cabeza se agolpan
las palabras sueltas.
Los pasos se arrastran
con un gesto absurdo.

Es entonces cuando el frío
nos deja inertes
en el rincón de la muerte de otro.