Aquelarre

El ojo muerto
busca su cadáver
en las calzadas del aquelarre.
Sobre el tejado
el desorden de las luces
espera la sortija del muñón.
Las piernas marchitas en las criptas
no sueñan con las sillas
abrazadas a la soledad del hueco.
Aun así el baile está por comenzar
y las vírgenes exhiben su ignorancia
al final de una historia que no llega.
No hay más lugar para muertos
en la fiesta que consume sus entrañas.

Todavía las cunetas

Poblados de muerte
caminan sobre la piel de las cunetas
pisoteando memorias
con los pies que olvidaron el camino.
El fusilado mira
desde el vestigio de una fosa
que grita el dolor de la ignorancia.
La cobardía construye
el pretexto del destino
pero es el hombre
el que labra la historia
y luego la despoja de su voz.

Feliz navidad

Cuando enviéis los deseos
de paz y prosperidad
que corresponden a estas fechas,
cuando pidáis mesa para la cena del trabajo
que os reunirá en sana armonía,
cuando llaméis a los que nunca llamasteis durante el año
para decirles que siempre os acordáis de ellos
y más aún en estos días
que nos inundan de amor,
cuando devolváis el beso
que os lanza el bueno de Papá Noel
en el centro comercial cercano
animado por el sinfín de villancicos,
cuando hagáis el pesebre con vuestros hijos
y les expliquéis quién era el niño Jesús
y José y María
y cómo estaban ungidos por la bondad divina,
cuando el veinticuatro a la noche
esperéis a las 12 para brindar por el nacimiento
y las burbujas de cava
ayuden a bajar la suculenta cena
colmada de buenos augurios
ojalá que una pequeña sombra,
aunque más no sea una pequeña sombra
oscurezca vuestra sonrisa hipócrita
mientras Alepo se desangra.

La última mirada

Si hubo una última mirada
cubrió tus ojos con el recuerdo
de las horas del domingo,
con el olor de los pinos en la arena
y con el canto de voces
que hacían la historia
en vorágines de libros y combates.
Si hubo una última mirada
viste a papá sonriendo en la penumbra
como sólo lo hacen algunos moribundos,
susurrándote su amor entre los años.
Si hubo una última mirada
en ella estaba Pablo
con su asombro, su miedo y su tristeza.

Yo sentí que el relato volvía a contarse
al no ver tus pasos hacia la mancha oscura.
Pero ojalá oyeras de mis labios secos
las notas lejanas de esa canción en idish
en la que sería tu última mirada.

El gorrión

Yo envidié la ausencia de destreza
en la mano que empuña la gomera.
Todavía hoy lo hago
cuando contemplo los ritos de los pájaros
que juegan a vivir en mi jardín.
Me odié en el momento del disparo,
en el pequeño ruido y la caída,
en el fugaz movimiento de las alas
y en el último aliento adormecido.
Me odié como se odian las infamias.

Nunca quise que la muerte
sorprendiera al gorrión
que esperaba el final
de otra historia en la alambrada
pero acerté el siniestro golpe
aquella tarde que apagó la primavera.

Sigilosa

Se disfraza de una niña
o de un amigo,
o de padre o de madre o de amante.
Cuando no la vemos
se prueba nuestra ropa.
Hoy me ha vuelto a cubrir de tristeza.
Pintó de ayer la tarde.
Machacó con sus palos de ausencia.
Dejó que el estupor ahuyentara mi palabra.
Hacia el magnolio.
Donde la piedra.
Cuando el invierno.

La verdad en la palabra

A mi amigo Fernando Griffell
que nos dejó solos en este escenario vacío.

 

Se piensa origen de la lágrima que quema,
dueña de la tragedia,
colapso de lo que se amó
pero cada vez que se repite
alberga en su oquedad
el significado falso.
Será certeza
cuando su inclemencia espante,
cuando la tristeza se cobije tenaz
tras un recuerdo
o en la frase que aquél dijo al pasar
o en la estela de la hermosa mujer
que nunca vio la desventura de los cuerpos
o en el leve movimiento de una mano.

Sólo entonces
la palabra que dibuje
el adiós para el amigo muerto
será certeza.