La vecina coja

Saludo a la anciana vecina coja.
Sé que siempre será bella.
El mango del bastón
se encoge a cada paso.
Intuimos el dolor.
La única hoja que queda del otoño
baila en la calle
la danza de las mujeres solas.
Un cielo sin nubes
remeda su tristeza.
Los días han dejado de brillar.

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La verdad en la palabra

A mi amigo Fernando Griffell
que nos dejó solos en este escenario vacío.

 

Se piensa origen de la lágrima que quema,
dueña de la tragedia,
colapso de lo que se amó
pero cada vez que se repite
alberga en su oquedad
el significado falso.
Será certeza
cuando su inclemencia espante,
cuando la tristeza se cobije tenaz
tras un recuerdo
o en la frase que aquél dijo al pasar
o en la estela de la hermosa mujer
que nunca vio la desventura de los cuerpos
o en el leve movimiento de una mano.

Sólo entonces
la palabra que dibuje
el adiós para el amigo muerto
será certeza.

La castanyera

La castanyera que había en mi pueblo cuando llegué hace casi cuarenta años, era una señora que tenía unos cuantos castaños y los cosechaba para asar los frutos durante el otoño. En general los consumía antes de que terminara la temporada y entonces compraba los que necesitaba. El oficio de torrar castanyes era una pequeña ayuda en su dura vida de pagesa que compartía con su marido desde que ambos eran muy jóvenes. Murió hace unos años con 95 noviembres a sus espaldas, encorvada más por la azada que por los noviembres. Estuvimos sin castanyera en el pueblo durante dos años hasta que varios amigos convencimos a Margarita de que aprovechara el otoño para vender castañas y así tener una faena extra que no le vendría nada mal. Margarita vende ahora castañas y boniatos como siempre se ha hecho y también mazorcas de maíz, como nunca se ha hecho. Y entre el humo del lento fuego que ahora tiene un nuevo perfume, se la oye cantar muy suave:
“De ti nací y a ti vuelvo,
arcilla, vaso de barro.
Con mi muerte yazgo en ti,
en tu polvo enamorado.”

Mis nietos saben que cuando llega el otoño, la tradición es comer castañas, boniatos… y choclos. Les encantan. Ellos respetan la tradición.

El mar ha muerto

El mar ha muerto
y la tormenta seca
dejó una playa exhausta de horizontes.
El cielo es un cristal resquebrajado.

No hay luces ni aparejos,
el ancla navega en un desierto
callaron los cantos de marinos
y el faro dejó su luz inmóvil.

El mar ha muerto,
es la tumba del marinero ausente
y ella mira inútilmente al infinito.

Sola

Cierra los ojos
y en la sombra de su interior callado
sus pasos caminan la exquisita soledad.
Y vive esa otra vida,
suave,
sin amantes que traicionan,
sin pozos de pasión abrupta,
sin rencores añejados en cubas oxidadas,
sin resacas agrias,
sin sed ni sequía.
Habrá en su boca una sonrisa
cuando el café con su perfumado oscuro
complete el despertar en la cocina.
Y ella estará sola
leyendo el libro mudo.

Cocido para dos

Otro idioma explica los aromas
que se enlazan con aquellos
de la infancia castellana.
El cocido convoca
a la hora temprana de cada día.
Él trajo de su exilio
el hábito de comer pronto
y ella la nostalgia
por todo lo que queda
en los infinitos rincones de la ausencia.

Sola en la cocina,
la radio a bajo volumen
y el libro en la mesa,
se quita el delantal,
el pañuelo,
sirve los dos platos
y se sienta a comer.
Hace tiempo que ha perdido
la costumbre de esperarlo.
Él, tan leal a sus horarios
nunca se amoldó
al del trance sorpresivo.

Poco a poco el vapor de los platos
agota sus fuerzas
contra el cristal que se nubla
para que ella ignore
el eterno vacío de la calle.
De los dos, uno ha quedado lleno.
Como siempre.