Los sueños del poema

A Elvira Daudet,
porque dice que odia a esa vieja extraña.

La pavura del pájaro en el fuego,
la palabra condenada,
la idea que se vuelve muda,
el viento cruel de la cuesta.
Un dolor tiñe rincones
con las lumbres que agonizan.
Y sin embargo
la mancha intuye su derrota
y una guerrilla de versos
amanece cuando empuñas
los sueños del poema
en el teatro de las batallas perdidas.
Brota entonces el reflejo
en el canto de las gotas,
crece en el verso la palabra
y tú que sabes del amor en el vacío,
sigues amando
como sólo eligen
hacerlo las poetas.

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Palabra y poema

Para Javier Solé, a quien los
finales no se le alejan como a mí

En el último peldaño de la noche
cuando la verdad es un pájaro asustado
la palabra escribe el poema.
Con sed de rocío
el verso clama por un hueco
donde el sol no entrometa sus rayos.
Al atardecer
la palabra cree
que ha llegado la hora de leerse
y entonces ve cómo se aleja
el final.

La palabra

Un rastro de letras tapiza la huida
y el poeta se empeña
con la pasión del inocente.
Desde el abismo del frío
vuelve a intentar el viaje
con su voz y su pasado
y ese amor que rozó lo posible
y esa violencia muerta.
Pero siempre algo se pierde
en los recodos de la fuga.
Un acento, un punto
o esa melodía que lloró la tarde.
Y entonces la palabra languidece
en el deseo de evocar
el primer vuelo del ave que sangra.

Sigilosa

Se disfraza de una niña
o de un amigo,
o de padre o de madre o de amante.
Cuando no la vemos
se prueba nuestra ropa.
Hoy me ha vuelto a cubrir de tristeza.
Pintó de ayer la tarde.
Machacó con sus palos de ausencia.
Dejó que el estupor ahuyentara mi palabra.
Hacia el magnolio.
Donde la piedra.
Cuando el invierno.

La verdad en la palabra

A mi amigo Fernando Griffell
que nos dejó solos en este escenario vacío.

 

Se piensa origen de la lágrima que quema,
dueña de la tragedia,
colapso de lo que se amó
pero cada vez que se repite
alberga en su oquedad
el significado falso.
Será certeza
cuando su inclemencia espante,
cuando la tristeza se cobije tenaz
tras un recuerdo
o en la frase que aquél dijo al pasar
o en la estela de la hermosa mujer
que nunca vio la desventura de los cuerpos
o en el leve movimiento de una mano.

Sólo entonces
la palabra que dibuje
el adiós para el amigo muerto
será certeza.

Origen

No sé si fue
en el momento de la sangre
el grito el dolor y la sonrisa
o el día que el barco
dejó plantada a la parca
en la mancha de aceite de una piedra.
También pudo haber sido
a orillas del arroyo
junto a la voz de tu silencio
cuando el temblor de la palabra
ignoraba el viaje infinito del abrazo.
O cuando asomaron las gemas.
O las gemas de las gemas.
Tal vez hayan sido muchas
las veces que nací
tantas como muertes he tenido
menos una.

Poderes

Contar la historia
de la ruina que habitó la roca.
Comprender el grito del caminante
y el motivo del soldado
que volvió de Argelia.
Oír la hoja
cuando antes de caer
aborrece al otoño.
Leer el polen
en el temblor del pétalo.
Descifrar la nostalgia de la carta
que naufragó en la noche del poeta.
Paladear el silencio de la duna.
Silbar la melodía del marino cautivo
en el puerto de los barcos
amarrados a los verbos.
Curvar el tronco del roble
con la mirada en la cuaderna.
Salir a la tarde muda
y respirar los cantos
de una infancia que dijo ser feliz.
Morder los labios
que sólo hablaron
la palabra del hechizo.
Volver a agonizar en el amor adolescente
para morir en la lumbre
del mar que nos llama
y nos ahoga con la sed del beduino.
Morir. Pese a todo morir.
Morir en cada hora
que acaba su circuito
las muertes que nos hacen inmortales
y nos nacen de nuevo
en las piedras de la esquina mancillada.