Sombras y poemas

A mi amigo Javier Solé

El cristal de una perpetua sombra
tiñe la mirada
con el color del hueco.
A veces, cuando el tormento
mastica horas y distancias,
el poeta deja de vivir la muerte
porque entra a otra verdad.
Pero en un pan,
en un libro,
en la ropa de una muñeca de trapo
o en el vacío que lleva anclado su nombre
ella vuelve
mientras los poemas
florecen en la arena que inunda
el latir de lo que nunca
hará brotar la sangre.

Los ojos de un niño

Persiguen mis andares
los ojos del único niño
que sabrá de mi muerte
cuando ella los cierre.
En mi quimera
buscan sobrevivientes de la mudanza,
juguetes, cuentos, muñecos,
presienten el abandono
cuando los años suben,
se pierden en mis penas,
se arropan en mis canas.
Sufro el tormento de la ausencia
al ver su brillo en esa nada
en la que el recuerdo
se empeña en dibujarlos.

22.

La primavera agota en la sal
las flores sin abrir.
En nuestra costa brillan espejos
que no reflejan a nadie
y nadie hay que mire
hacia la orilla
de la que viene Caronte.
Nadie que comprenda el viaje.
Sólo hay sombras errantes
que vagarán cien años
por estas riberas.
Sigue flotando
la infamia a la deriva:
la poesía ha dejado de existir.

Poema número 22 del poemario “De la ignominia”

 

Con un fervor de poetas

Con un fervor de poetas
dice que construye la pared
con ladrillos que son huellas
de un pasado que no cree recordar.

Con una ansiedad de adolescentes
recorre olores y tactos
y olvida cerrar
la puerta de una dicha
que a veces entra ciega
y otras sale sin mirar.

Con un temor de ancianos
camina ideas en el lodo.
El fervor fatiga la espera,
el marco muere tras el ladrillo
y la huella sólo se deja pensar.

Pedazos

 

Ese leño con la huella
de lo que fue una brasa;
ese espejo fatigado
de repetir el llanto
y la sonrisa;
esa botella que imagina
que es la que apaga la sed;
ese dolor
en el costado del hijo;
esa alegría del padre
que vuelve y empapa al abuelo;
ese poema muerto
en la hoja blanca;
esa letra perdida
en la oscura tormenta del bosque;
ese acorde que nunca
volvió a decir la guitarra;
ese cincel que abandonó la rama
y ese lápiz que dibuja un horizonte
son los pedazos de un yo que camina
en la última tarde del otoño.

Abrir esa puerta
que da paso a la sombra
mientras se tejen los dolores
en la apenas luz del otoño.
Imposible escribir el bramido
del lobizón que lucha contra su piel
o el roce de sedas perfumadas
cuando el olvido cubre las letras.
Mañana sentiremos el aroma
del pan recién horneado
pese a la cizaña
que crece a la vera del trigo.