El desierto

                                                      Para Ester Rabasco,          
                                                      porque sabe leer la poesía

Ese desierto que se abre ante nosotros
con la lóbrega luz del invierno,
con la desesperación de un verano
que no acaba de morir,
con la amargura de la ausencia,
la violencia de la arena,
el rastro borrado de la huella,
con los labios quietos y quebrados,
ese desierto guarda entre sus infinitos granos
la semilla de una flor que cada tanto
hiere el lunático paisaje
y la esperanza de que un día
tras la línea amanezca el mar.

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La palabra

Un rastro de letras tapiza la huida
y el poeta se empeña
con la pasión del inocente.
Desde el abismo del frío
vuelve a intentar el viaje
con su voz y su pasado
y ese amor que rozó lo posible
y esa violencia muerta.
Pero siempre algo se pierde
en los recodos de la fuga.
Un acento, un punto
o esa melodía que lloró la tarde.
Y entonces la palabra languidece
en el deseo de evocar
el primer vuelo del ave que sangra.