Navegante

Embarcarme en el ocaso
para gozar del renacer junto al timón.
Ser niño y jugar con los cabos y las velas.
Mirar la tempestad desde el vencido ancla.
Refugiarme en el camastro del relato.
Navegar hasta el adiós de los paíños
y allí derivar añorando la hoja del almendro.
Y así seguir
sin llegar nunca a la costa que soñamos.

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La última mirada

Si hubo una última mirada
cubrió tus ojos con el recuerdo
de las horas del domingo,
con el olor de los pinos en la arena
y con el canto de voces
que hacían la historia
en vorágines de libros y combates.
Si hubo una última mirada
viste a papá sonriendo en la penumbra
como sólo lo hacen algunos moribundos,
susurrándote su amor entre los años.
Si hubo una última mirada
en ella estaba Pablo
con su asombro, su miedo y su tristeza.

Yo sentí que el relato volvía a contarse
al no ver tus pasos hacia la mancha oscura.
Pero ojalá oyeras de mis labios secos
las notas lejanas de esa canción en idish
en la que sería tu última mirada.

El folio

Mario acaba el relato preguntándose si alguna vez lo comenzó. La obra transmite tanta tristeza como sólo un excelente escritor podría expresar. El drama pugna por escapar del papel como si su intensidad no cupiera en él. Los personajes compiten por un protagonismo que llega tardíamente aumentando poco a poco una tensión que parece respirarse y que no se acaba con la perfecta resolución del conflicto planteado.
En su despacho se han ido amontonando botellas vacías de agua mineral, la que consume desde que dejó de beber, envoltorios de regaliz, el que consume desde que dejó de fumar y ese olor a nada en la cocina que se acumula desde que lo dejó su mujer. El desorden en su lugar de trabajo refleja el tesón que Mario ha puesto en su tarea. Han sido años completando folios con miles de palabras, buscando sinónimos, ritmo en las frases, giros idiomáticos, trabajando hora tras hora sentado frente a su escritorio llenando la papelera de hojas arrugadas, combatiendo el sueño y la desesperación. Ahora finalmente sabe que ha completado su obra magna, la que lo consagrará como escritor.
Mario respira profundamente, sonríe y contempla una vez más el folio, lo dobla cuidadosamente, lo ensobra, anota la dirección del concurso y pega el sello.
En el sobre  la inmaculada hoja en blanco viajará triunfal hacia el premio.