La chelista

Hubiera sido el sonido inacabado,
la nota oculta
que no podemos dejar de oír,
la lágrima del acorde,
la pasión de Bach,
el gesto de amor que dibuja
la caricia del arco,
la angustia en el silencio.
El viejo chelo que aguarda en la vidriera
la mira y sueña
que la ve retroceder
por el camino de los años.

Navegante

Embarcarme en el ocaso
para gozar del renacer junto al timón.
Ser niño y jugar con los cabos y las velas.
Mirar la tempestad desde el vencido ancla.
Refugiarme en el camastro del relato.
Navegar hasta el adiós de los paíños
y allí derivar añorando la hoja del almendro.
Y así seguir
sin llegar nunca a la costa que soñamos.

La noche y el árbol

Cree que es suyo
cuando cambia su silueta
por la nube y el labriego,
enluta el color de sus hojas,
nos deja a merced de su enemigo.
Cree que es suyo
cuando lo convierte en un fantasma invernal
que asusta al niño
y al perro tuerto.
Cree que es suyo
aunque lo turbe
el canto del ruiseñor.

Si la tiniebla
es el recuerdo de un sueño sin amparo
el árbol, todo luz,
vuelve a ser
la sombra del caminante.

Días azules

“Estos días azules y este sol de la infancia”
A. Machado

Los veré crecer entre las viejas sábanas
que subsistieron después de las mudanzas.
Habrá también un camión de hojalata.
Un papel olvidado en el bolsillo.
Un pequeño trompo de madera.

Días azules, fríos,
con risas estampadas
en cada pared blanca.
Ahora se ocultan
del sol que los hizo brillar
y todo se vuelve oscuro.

Déjalo ya.
No dibujes más recuerdos.
Dibujemos monstruos.
O animales de un libro.
O ardillas que las urracas persiguen.
O besos de mañana.
Dibujemos lo que tal vez nos acompañe:
aquel sueño de ayer que acabó sin dueño.

El pájaro y la tumba

El pájaro picotea las semillas
que cayeron ayer sobre mi tumba.
Lo conozco. Lo he visto bailar
saltando entre las ramas del abeto
una danza que estrujaba la vida con las alas.
Temí que el viento lo lanzara
por el sueño de un barranco.

Él ahora picotea las semillas
que cayeron ayer sobre mi tumba.
Agotó la danza o la hizo triste
y echó a volar en busca del calor que le negaba
el lugar que más amó.
No sabía del apego a otros paisajes,
a cualquier lugar
donde no anidara el frío de la muerte.

Y ahora picotea distraído
sin saber que las semillas
cayeron ayer sobre mi tumba.