La noche y el árbol

Cree que es suyo
cuando cambia su silueta
por la nube y el labriego,
enluta el color de sus hojas,
nos deja a merced de su enemigo.
Cree que es suyo
cuando lo convierte en un fantasma invernal
que asusta al niño
y al perro tuerto.
Cree que es suyo
aunque lo turbe
el canto del ruiseñor.

Si la tiniebla
es el recuerdo de un sueño sin amparo
el árbol, todo luz,
vuelve a ser
la sombra del caminante.

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La soledad de los cristales

Cuando el fulgor abandona las ventanas
ellos se vacían de sonrisas cómplices,
de pestañas que equivocan el atajo,
de labios dispuestos,
de muecas, necios y madrastras.
Lentamente los deshabitamos
y entonces dejan de ser.

Entre las sombras
el inútil cristal resiste en un pasillo
donde la última luz se negó al reflejo.
La tiniebla conjura el hechizo
de tener lo que no está
y la ausencia del que mira
dibuja por un momento su existencia.

La noche
es el silencio de los espejos.