Tu nombre

Como un navegante que sabe del naufragio
el tiempo lleva tu nombre.
Presa en los desvanes del silencio
lleva tu nombre la palabra.
Y lo llevan los pasos
que no puse en la balanza
cuando creí morir.
Y también el aire
que me asfixia y me da vida.
Lo encuentro en mis cajones,
en los papeles sin cuaderno,
en las fotos,
en mi empecinada tristeza
que cada día te trae
encerrada en otro invierno.
Lleva tu nombre
el quebranto de saber
que nunca leerás
el verso que escribí
aquella primavera.
Y en cada rincón
de las horas que me acosan
me espera la inclemencia de saber
que sólo tú, madre,
no llevas más tu nombre.

Anuncios

Oboe

La nota en la lágrima.
El tren se aleja
y hay un aire frío de otoño.
Dice el oboe
la tristeza que abrasa.
Y nosotros desnudos,
quietos,
desahuciados.
Ya no hay tren,
el aire insiste
y la nota aún es un recuerdo que perdura.
Todavía la oiremos cuando vuelva
esa primavera que quisimos
y alguien nos diga
que el tren ha regresado.

La vecina coja

Saludo a la anciana vecina coja.
Sé que siempre será bella.
El mango del bastón
se encoge a cada paso.
Intuimos el dolor.
La única hoja que queda del otoño
baila en la calle
la danza de las mujeres solas.
Un cielo sin nubes
remeda su tristeza.
Los días han dejado de brillar.

La última mirada

Si hubo una última mirada
cubrió tus ojos con el recuerdo
de las horas del domingo,
con el olor de los pinos en la arena
y con el canto de voces
que hacían la historia
en vorágines de libros y combates.
Si hubo una última mirada
viste a papá sonriendo en la penumbra
como sólo lo hacen algunos moribundos,
susurrándote su amor entre los años.
Si hubo una última mirada
en ella estaba Pablo
con su asombro, su miedo y su tristeza.

Yo sentí que el relato volvía a contarse
al no ver tus pasos hacia la mancha oscura.
Pero ojalá oyeras de mis labios secos
las notas lejanas de esa canción en idish
en la que sería tu última mirada.

El gorrión

Yo envidié la ausencia de destreza
en la mano que empuña la gomera.
Todavía hoy lo hago
cuando contemplo los ritos de los pájaros
que juegan a vivir en mi jardín.
Me odié en el momento del disparo,
en el pequeño ruido y la caída,
en el fugaz movimiento de las alas
y en el último aliento adormecido.
Me odié como se odian las infamias.

Nunca quise que la muerte
sorprendiera al gorrión
que esperaba el final
de otra historia en la alambrada
pero acerté el siniestro golpe
aquella tarde que apagó la primavera.