El desierto

                                                      Para Ester Rabasco,          
                                                      porque sabe leer la poesía

Ese desierto que se abre ante nosotros
con la lóbrega luz del invierno,
con la desesperación de un verano
que no acaba de morir,
con la amargura de la ausencia,
la violencia de la arena,
el rastro borrado de la huella,
con los labios quietos y quebrados,
ese desierto guarda entre sus infinitos granos
la semilla de una flor que cada tanto
hiere el lunático paisaje
y la esperanza de que un día
tras la línea amanezca el mar.

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Vi

Vi la sombra
en el fulgor de la línea final,
vi pájaros volviendo,
vi quemarse la última madera,
vi naufragios tras el relámpago,
el ardor de un verano de ramas secas
y el dolor del viento en los tejados.
Vi caminos que morían
en el sueño de los mapas.
Vi un ritual de vigilias
y vi cerrarse los ojos
cuando huyen las miradas.

El estío

Cada vez que acaba
el estío se lleva mi niñez
y las horas muertas de la siesta
no roban más sandías
en el huerto del gallego.
Día a día más precoces,
las sombras de la noche
oscurecen los recuerdos.
Luego crezco y muero
para volver a nacer en primavera.
Cada vez que acaba
el estío se lleva mi niñez,
las memorias se diluyen
y esa voz que me hablaba desde adentro
me suena más distante y más opaca.
Quién llegará de la mano de aquel niño?
Será
alguna hoja de roble,
una mirada que se apaga en los cristales
o un voto de amor
que la riada de los años dejó intacto.