Ellas

Eran bellas
caminaban lentamente
escribían la poesía del ocaso
hablaban con la suavidad de las manzanas
amaban a seres que crecían en sus versos
cazaban ilusiones entre espigas de lavanda
enseñaban a enseñar
inventaban números
creaban artes
y a veces
también morían

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Los sueños del poema

A Elvira Daudet,
porque dice que odia a esa vieja extraña.

La pavura del pájaro en el fuego,
la palabra condenada,
la idea que se vuelve muda,
el viento cruel de la cuesta.
Un dolor tiñe rincones
con las lumbres que agonizan.
Y sin embargo
la mancha intuye su derrota
y una guerrilla de versos
amanece cuando empuñas
los sueños del poema
en el teatro de las batallas perdidas.
Brota entonces el reflejo
en el canto de las gotas,
crece en el verso la palabra
y tú que sabes del amor en el vacío,
sigues amando
como sólo eligen
hacerlo las poetas.

La mujer de un sueño

La locura
ha navegado el mar de tus palabras
y dibuja un colibrí
que devora tus tobillos
y silba una nana a la peca de tu espalda.
Vive en la sonrisa de beso y silencio,
en el vidrio de tus ojos
que evocan quién sabe qué tristezas
y en ese terciopelo
donde mueren las ausencias.
Cuando el sueño te abandone
en la verdad de otros caminos
sabrás que estos versos
ya no hablan de ti.
Y yo en mi vigilia
tendré miedo de volverme cuerdo
y perderte en el bosque de los soles
que habitan, por las noches, mi poema.

El nombre de la palabra

Cuando el sol convive
con la lluvia y el ozono
tu magia pinta en el límite lo soñado.

El mármol del peldaño
esconde el gesto
que cincela tu presencia.

Dibujas el contraluz
del salto del acróbata
mientras la flecha
se fuga de tu entraña.

En la oscuridad del muro derruido
la madera recuerda el tiempo
en que enmarcabas la alacena.

Susurran tu nombre el incunable
y los versos que no escribe el caminante,
un nombre que está en ti
y que el arco te ha cedido eternamente.